miércoles, 19 de mayo de 2010

Leamos (y aprendamos) juntos

"Mi abuela era una belleza. Poseía un rostro ovalado de mejillas rosadas y piel brillante. Sus cabellos, largos, negros y relucientes, solían ir peinados en una espesa trenza que le llegaba a la cintura. Sabía ser recatada cuando la ocasión lo requería -esto es, la mayor parte del tiempo-, pero bajo su exterior discreto estallaba de energía contenida. Era menuda, de un metro sesenta de estatura aproximadamente; su figura era esbelta, y sus hombros suaves, lo que se consideraba un ideal de belleza.

Sin embargo, su mayor atractivo eran sus pies vendados, que en chino se denominan 'lirios dorados de ocho centímetros' (san-tsun-gin-lian). Ello quería decir que caminaba 'como un tierno sauce joven agitado por la brisa de primavera', cual solían decir los especialistas chinos en belleza femenina. Se suponía que la imagen de una mujer tambaleándose sobre sus pies vendados ejercía un efecto erótico sobre los hombres, debido en parte a que su vulnerabilidad producía un deseo de protección en el observador.

Los pies de mi abuela habían sido vendados cuando tenía dos años de edad. Su madre, quien también llevaba los pies vendados, comenzó por atar en torno a sus pies una cinta de tela de unos seis metros de longitud, doblándole todos los dedos -a excepción del más grueso- bajo la planta. A continuación, depositó sobre ellos una piedra de grandes dimensiones para aplastar el arco del pie. Mi abuela gritó de dolor, suplicándole que se detuviera, a lo que su madre respondió embutiéndole un trozo de tela en la boca. Tras ello, mi abuela se desmayó varias veces a causa del dolor.

El proceso duró varios años. Incluso una vez rotos los huesos, los pies tenían que ser vendados día y noche con un grueso tejido debido a que intentaban recobrar su forma original tan pronto se sentían liberados. Durante años, mi abuela vivió sometida a un dolor atroz e interminable. Cuando rogaba a su madre que la liberara de las ataduras, ésta rompía en sollozos y le explicaba que unos pies sin vendar destrozarían su vida entera y que lo hacía por su propia felicidad.

En aquellos días, cuando una muchacha contraía matrimonio, lo primero que hacía la familia del novio era examinar sus pies. Unos pies grandes y normales eran considerados motivo de vergüenza para la familia del esposo. La suegra alzaba el borde de la falda de la novia, y si los pies medían más de diez centímetros aproximadamente, lo dejaba caer con un brusco gesto de desprecio y partía, dejando a la novia expuesta a la mirada de censura de los invitados, quienes posaban la mirada en sus pies y murmuraban insultantes frases de desdén. En ocasiones, alguna madre se apiadaba de su hija y retiraba las vendas; sin embargo, cuando la muchacha crecía y se veía obligada a soportar el desprecio de la familia de su esposo y la desaprobacion de la sociedad, solía reprochar a su madre haber sido demasiado débil.

La práctica del vendaje de los pies fue introducida originariamente hace unos mil años (según se dice, por una concubina del emperador). No sólo se consideraba erótica la imagen de las mujeres cojeando sobre sus diminutos pies, sino que los hombres se excitaban jugando con los mismos, permanentemente calzados con zapatos de seda bordada. Las mujeres no podían quitarse la venda ni siquiera cuando ya eran adultas, pues en tal caso sus pies no tardaban en crecer de nuevo. Los vendajes sólo podían retirarse temporalmente durante la noche, en la cama, para ser sustituidos por zapatos de suela blanda. Los hombres rara vez veían desnudos unos pies vendados, pues solían aparecer cubiertos de carne descompuesta y despedían una fuerte pestilencia. De niña, recuerdo a mi abuela constantemente dolorida. Cuando regresábamos a casa después de hacer la compra, lo primero que hacía era sumergir los pies en una palangana de agua caliente al tiempo que exhalaba un suspiro de alivio. A continuación, procedía a recortarse trozos de piel muerta. El dolor no sólo era causado por la rotura de los huesos, sino también por las uñas al incrustarse en la planta del pie.

De hecho, el vendaje de los pies de mi abuela tuvo lugar en la época en que dicha costumbre desaparició para siempre. Cuando nació su hermana, en 1917, la práctica había sido prácticamente abandonada, por lo que ésta pudo escapar al tormento."

"Cisnes Salvajes", de Jung Chang.

domingo, 9 de mayo de 2010

En otra fase

“La agencia está entre el segundo y el tercer anillo” es la frase que apunté en mi libreta tras mi primer paseo por Beijing, un 15 de enero, dos días después de haber llegado a esta ciudad. Necesitaba ubicarme y para ello , además de comenzar a recorrer las eternas avenidas pekinesas, apuntaba todo lo que había visto y por dónde había caminado porque sentía que esta urbe no me iba a poner fácil memorizar el nombre de sus calles, recordar sus edificios, sus tiendas...todo. Porque aquí, al principio todo te parece lo mismo. Te sientes inmerso en un océano en el que apenas te puedes comunicar si no sabes chino, tampoco puedes leer ningún cartel, sólo la minoría que están en inglés, y no entiendes aquello que dicen las personas con las que te cruzas por la calle. Y todavía me sigue pasando, pero ahora desde otro ángulo.

Continúo leyendo las frases que fui apuntando y...sonrío. Lo que al principio me parecía un mundo, ahora lo tengo controlado, o casi. Aún me quedan infinidad de lugares por conocer. Muchos me hablan de allí y de allá y no puedo contestarles “ah, sí, lo conozco”, pero me indican “está cerca de...” y respondo “ah, claro, ya sé...” y me digo “sé llegar. Cuando pueda, voy”.

La última vez que tomé el metro sentí como si estuviese entrando en el de Madrid. Había quedado. Supe calcular el tiempo que iba a tardar hasta llegar a mi destino. Justo. Tres líneas, dos cambios. Hora punta. A ritmo de música. Me imaginaba desde lo alto y me veía dentro de la corriente de gente, no fuera como al principio.

Al principio...

El principio ya ha terminado. Ahora siento que ha comenzado otra fase. La de saborear cada movimiento, ya que antes, al principio, era la del descubrimiento en estado puro.

Descubrir la ciudad, el país, la gente, el trabajo, mi rincón favorito... ahora toca empaparse de todo lo hallado.

Ahora es la etapa del ahora...pues a disfrutarla.

P. D: De disfrutarla de todas las maneras, hasta sobre dos ruedas... La primavera llegó hace una semana, ¡al fin! Desde entonces la temperatura no suele bajar de los 20º y la mayoría de los días son soleados...una maravilla...así que si durante el crudo invierno ya había valientes que se transportaban en bici, con este clima la ciudad se ha llenado de ciclistas de todas las edades y colores. Yo me he comprado una. Se llama Gieba, es azul, tiene una cesta de lo más chula en la que transporto el bolso, la compra, cualquier cosa, y un timbre. Lo que no tiene son marchas porque aquí no hacen falta, ya que no hay ni una suela cuesta. ¡Todo por 360 yuanes, unos 40 euros! Nos conocimos hace dos semanas y me lleva a cualquier lugar, desde el trabajo hasta el destino de la tarde de domingo. ¡Y los coches te respetan más que si te mueves como peatón! Me encanta. Beijing se entiende mejor con ella...normal porque esta ciudad tiene pasado y diseño ciclista. Os la presento:



Es linda, ¿eh?

jueves, 22 de abril de 2010

Cualquier hutong


A veces huelen mal, están sucios y son grises. Los esconden tras calles ruidosas y en ellos reina la calma. Te pierden. Parecen abandonados, pero están llenos de vida. Reflejo de la historia, la tradición y el cambio en China, un espacio para la reflexión sobre hacia dónde camina este gigante. Sus vecinos, bien te dan la bienvenida con una sonrisa, lo que ocurre la mayoría de las ocasiones, te ignoran o muestran el malestar que les provoca que andes fisgoneando. Cuando ando por allí siento que estoy al otro lado de la careta, la que no se ve, en la fea, pero bella a la vez porque muestra el trabajo que se ha hecho para terminarla. El otro rostro del motor de Beijing, el viejo corazón de Pekín. Los hutong, cualquiera, mi lugar favorito en esta ciudad. Me encantan porque cada vez que me adentro en estas calles laberínticas significa que me he escapado de las inmensas avenidas, los rascacielos, los innumerables edificios en construcción, el tedioso ruido del tráfico y las tiendas de lujo que componen el rostro con el que China se quiere lanzar a la conquista del mundo y recibo una lección de realidad: no es oro todo lo que reluce. Calles entre uno y cuatro metros de anchura que comenzaron a construirse en el siglo XIII y cuyas casas no tienen baño ni calefacción, donde en un comienzo vivían intelectuales y gente afín a los emperadores. Ahora, la mayoría de los que habitan viven del día a día, de lo que venden en un puesto de comida, de lo que arreglan en sus tenderetes de zapatos o bicicletas o de lo que recogen en la basura, por ejemplo. Ellos ven la evolución de su país cada día, está dos calles más allá, pero no la tocan. También me parece duro caminar por allí. Y mientras paseo no hago más que plantearme preguntas sobre el pasado y el futuro de la sociedad china. Las respuestas están de camino y sé que para que lleguen me tendré que seguir perdiendo por los hutong, algo que no me cuesta nada.


miércoles, 14 de abril de 2010

Miedo a tan sólo vomitar

Abrimos la oficina.

Qinghai, una provincia occidental de China, había temblado.

7,1 grados de magnitud sobre la escala abierta de Richter, según las fuentes chinas.

Comenzamos a trabajar.

Llueven datos.

Primer muerto.

Sepultados, se desconoce la cifra.

Enviamos la noticia.

Ascienden a cinco los fallecidos, pero esperamos a publicarlo por si el número sube en poco tiempo.

Parón.

Seguimos buscando más detalles sobre cómo se encuentra la zona.

Cuando estamos a punto de mandar los cinco muertos, la cifra aumenta hasta 67.

Actualizamos.

Continúa la lluvia de datos sobre la situación.

Y, por fin, siento que se me empañan los ojos.

Sí, por fin, digo por fin.

Porque en ese momento he sentido que sentía.

Cada día las cifras que nos llegan de los medios de comunicación nos ahogan.

Y a los informadores nos asfixian por partida triple: cuando las recibimos de las fuentes, las enviamos y las recibimos de otros medios.

Sé que tengo que diferenciar entre los sentimientos y mi trabajo porque si me dejo llevar por ellos no voy a poder desempeñar bien mi labor, pero también tengo miedo a tan sólo vomitar.

A vomitar datos cuyo destino sea las cloacas de mi cerebro, en las que descansa todo aquello que no es importante o he querido olvidar.

Estas 400 personas muertas, porque al menos ya son 400, y las más de 10.000 heridas se merecen latir bien vivas en mi mente, en la de todos, como las fallecidas en los terremotos de Haití o de Chile o las tantas que dijeron adiós en otras catástrofes naturales, en atentados, en guerras, en accidentes, al ser víctimas de injusticias como la pobreza, los maltratos, las violaciones, los abusos y en un desagradable etcétera.

Cerremos los ojos y pensemos en la cifra 400 y digamos despacio cua-tro-cien-tos e imaginemos el horror que se está viviendo en Qinghai y así, quizá, seamos más conscientes de lo que está sucediendo y, por qué no, nos emocionemos, que para eso somos humanos, no máquinas registradoras por las que entran y salen cifras cada día sin que nos afecten.

Y así, siempre.

Haciendo eso no voy a ayudar a ninguna víctima, pero, no sé, creo que se lo debo para que no caigan en el olvido y porque lo que no está bien es que las noticias con muertes y heridos, aunque tan sólo sea la de una sola persona, me resbalen.

No.

viernes, 9 de abril de 2010

De Bella la China

Justo cuando el avión del vuelo CZ7615 posó sus ruedas sobre Madrid, desperté, aunque lo curioso es que no pude dormir durante las 15 horas que me trajeron de vuelta desde Beijing, pero ese despertar, ese que no necesita que abras los ojos porque no los tenías cerrados, fue brusco y aún me mantiene en vela.

19 días de Beijing…sobre todo 19 días de ella, nuestra Beijinger.

Comenzó en día soleado! Habíamos quedado en el Starbucks del hall de llegadas del aeropuerto. Sentado sobre mi maleta frente a la cafetería guardaba las cosas en mis bolsillos y así me aseguraba de que todo lo importante estuviera conmigo, esperando a lo esencial. Y lo esencial llegó resbalando sus pies por el encerado suelo de forma nerviosa como quien trata de correr más rápido que sus piernas y sin querer hacer ruido para dar una sorpresa. Y el abrazo fue eterno. Qué bonita.

Tras muchos besos y más abrazos y más besos salimos del aeropuerto y pude comprobar cómo nuestra pekinesa se ha hecho a las mil maravillas con los chinos y su idioma. El Rober niño se despertó. Todo me llamaba la atención, miraba hacia todos lados a la vez sin dar abasto, sin parar de preguntarle cosas, sin soltar su mano ni un instante. Y así he estado hasta hace unas horas porque China es impresionante.

La primera semana la pasamos en Pekín, conociendo la milenaria ciudad y la vida de nuestra pekinesa. La redacción de EFE, su gente, el tráfico caótico, Tiananmen, la Ciudad Prohibida, la Colina de Carbón, el Estadio Olímpico, el Palacio de Verano, el Templo del Cielo, los Mercados de la Seda, la Perla y el Yashow y la Gran Muralla. También la gastronomía y la noche pekinesa, la delegación de periodistas españoles en la capital China, el clásico espectáculo de malabaristas orientales y los secretos de un relajante masaje tradicional chino.







De aquí para allá, sin parar, sin desaprovechar un instante, empapándonos de ellos y llamando su atención. Exprimiendo cada lugar, recogiendo cada imagen con nuestras cámaras. Así hasta caer rendidos y descansar hasta despertar al día siguiente y…ver que por la ventana entraba una luz cegadora AMARILLA! Una tormenta de arena nos acompañó en nuestra primera semana. Era increíble pensar que el viento traía consigo arena del desierto que cubría los coches, las repisas de las ventanas y hacía que a nuestro amigo sol ni se le pudiera ver, dando paso a un día amarillento, denso, como si mirásemos a través de un cristal tintado. Pero esto no nos detuvo.

Pekín es China en estado puro. Con millones de personas recorriendo sus calles de forma frenética, con inmensas avenidas plagadas de rascacielos imposibles, sin que ninguno se parezca al otro y escondiendo tras de sí celosamente a los Hutong, laberínticas callejas de la época imperial de entre uno y cuatro metros de anchura en los que la gente vive sin baño ni calefacción. Con inmensas pantallas que emiten publicidad a todas horas. Luces, escupitajos en el suelo, puestos callejeros de comida, mercadillos aquí y allá. Una preciosa mezcla de tradición milenaria y lucha contemporánea por subsistir en una ciudad de más de 17 millones de habitantes. Muy chino todo.

En una semana partimos hacia nuestro siguiente destino. Mi anfitriona llevaba perfectamente preparado nuestro itinerario en una carpeta, creo que con el deseo de que mi estancia allí me hiciera plantearme seriamente no abandonar aquello jamás. Llegamos a Kunming, la capital de Yunnan, al suroeste de China. La Ciudad de la Eterna Primavera nos esperaba con una temperatura que superaba de sobra los 15º y sin un sólo occidental a la vista. Fue un fuerte choque para los dos. Vernos rodeados de chinos por todas partes, tratando de comprar unos billetes de tren en una estación plagada de carteles, indicaciones y mensajes escritos en caracteres y sin una sola alma que hablara mínimamente inglés. Pero mi pequeña guía se armó de encanto, paciencia y desparpajo y con su chino y la ayuda de un diccionario obtuvo los mejores billetes del tren que nos llevaría hasta Dali, nuestra siguiente parada.


Kunming nos reservó un restaurante precioso, un momento de escape en forma de Parque del Lago Verde y un día mágico en el Bosque de Piedra de Shilin.


Creo que todo viaje tiene un punto de inflexión y Dali fue el nuestro. La Dali espiritual nos esperaba con su enorme Templo de las Tres Pagodas y la atractiva Iglesia Cristiana Católica fundada por misioneros franceses.




La Dali aventurera nos empujó a alquilar dos bicicletas con las que recorrer la orilla oeste del Lago Er´hai, atravesando la infinidad de pequeños pueblos rurales que allí existen y que representan la verdadera China de hoy en día, en la que su gente trabaja sin descanso, sin comodidades occidentales. Fue la oportunidad de llenar nuestro álbum de fotos preciosas.



El ansia por ver más y más pueblos nos impidió darnos cuenta de que el cielo había oscurecido porque amenazaba tormenta y al llegar a Xizhou, una de las paradas de nuestro planeado recorrido, tuvimos que interrumpir la marcha y buscar de forma desesperada una manera de llegar a casa. Tras confundir a un repartidor con un taxista y ofrecerle dinero para que nos llevara, nos indicó dónde podríamos encontrar la forma de regresar. Así pues, nos dirigimos a la carretera, bajo una tímida lluvia porque el agua ya no aguantaba más dentro de aquellos nubarrones, en busca de una estación de autobuses improvisada en la cuneta y una voz salvadora nos dijo “Dali?”. Y antes de que nos dijera el precio del billete estábamos subidos en un minibus con bicicletas y todo. Cuando nos bajamos, tuvimos que montar otra vez en las bicis y pedalear hasta el hostal, otra vez bajo agua, ya convertida en tormenta. Llegamos empapados y el chaparrón nos obligó a pasar un día de descanso forzado en la habitación. Los 38'5 º de fiebre tuvieron la culpa.


Sin tiempo para recuperarnos, llegó Lijiang, más al norte de Yunnan. Hasta allí llegamos en un Minibus Luxury (with air conditionair, jejeje) y con la firme promesa de no poner nuestras vidas nunca más en manos de un conductor chino ni de creernos las promesas “Luxury”. Lijiang es una ciudad preciosa con una parte antigua con encanto, pero demasiado dirigida al turista chino. El laberinto de calles iguales era tal que nunca pudimos saber el punto exacto en el que estábamos y como pulgarcitos éramos capaces de llegar al hostal partiendo siempre de la calle principal. Con mucha suerte encontramos un lugar donde olvidarnos de la comida china y poder disfrutar de algo más nuestro. Allí una mujer china nos preparó la mejor pizza que yo he probado y una de las mejores en el caso de nuestra pekinesa. Curiosamente, esta mujer estaba casada con un australiano pro China con el que estuvimos hablando de realidades del país y que definitivamente nos convenció de que nuestra siguiente etapa debía ser la Garganta del Salto del Tigre, un famoso recorrido de montaña en China que discurre de forma paralela al río Jinsha, de dos días, por lo que olvidamos así la visita relámpago a Shangrila, un pueblo al norte de Yunnan casi tibetano.


Y así hicimos, tras recorrer Lijiang, nos montamos en una furgoneta rumbo a la Garganta del Salto del Tigre. Pasamos dos días en compañía de un guía de la zona, Shui, recorriendo la garganta de este río, inmersos en naturaleza pura. Respirando aire no contaminado, salvando pequeñas dificultades y contemplando las impresionantes montañas que nos rodeaban. Allí conocimos a Matt y Hugo, un canadiense y un portugués, respectivamente. Matt reside en Qinghai, una provincia del centro de China, y Hugo en Macao, otra al sur, y viven aventuras semejantes a las de nuestra pequeña. Con ellos recorrimos el segundo día de recorrido, hasta cruzar en bote otro río diferente a Jinshan y volver a Lijiang.


Ocho días en Yunnan, respirando aire nuevo, sin polvo, acompañados de una temperatura primaveral, disfrutando de la naturaleza de la que se conoce como la Asturias de China.

Pero aunque esto nos encantó, personalmente creo que los dos somos más de grandes ciudades. Y qué mejor forma de acabar nuestro viaje que haciendo una última parada en Shanghái, la París Oriental, la ciudad que este mismo año, en menos de un mes, albergará la Expo Universal y que por tanto está siendo maquillada de pies a cabeza. Un precioso escape occidental sin personalidad china. Y es que estar en Shanghái es como estar en una pequeña Londres o París. Para mí, aunque suene raro, fue como un respiro que necesitaba tras pasar tantos días alejado del ruido del tráfico, tantos días rodeado de chinos tradicionales que no entienden inglés, ni tienen por qué hacerlo, pero el no saber nada de chino me hacían sentir en ocasiones pequeño. Llegar a un gran aeropuerto (Hong Qiao), los altos edificios, el metro, la actividad, la gente. Nada más llegar es inevitable no parar de compararla con Pekín. Siendo de Madrid es fácil entender Shanghái como Barcelona y la capital china como la española. Shanghái es el motor económico de China, venida a más desde que le otorgaran la Expo. Moderna, joven, vendida como más internacional que Beijing y cuyos ciudadanos, que tienen fama de tacaños, tienen un dialecto. Claro está que ante tal comparación yo caí en la magia de Shanghái y ella, como buena beijinger, no paraba de defender a Pekín. Con el paso de los días no me quedó otra que darle la razón. China es Pekín. Shanghái es preciosa, con el Pudong, el Bund, La Torre Perla de Oriente, la Jinmao y el Shanghái World Financial Center (edificio más alto del mundo hasta 2008).


Con el barrio de la Concesión Francesa y su infinidad de calles comerciales. Pero es una ciudad confeccionada para parecerse a occidente y que se olvida de todo aquello que se busca cuando uno va a China. Se olvida de los templos, de la herencia histórica o de los puestos de comida en plena calle. No tiene ningún monumento chino reseñable. Pero insisto, es preciosa, está llena de vitalidad e invita a vivir en ella.

El vuelo CZ7615 me hizo, nos hizo, despertar de un sueño que repetiremos en cuanto sea posible. Un sueño para el que no he tenido que dormirme y que ha sido gracias a nuestra pekinesa, a nuestra pequeña, a nuestra beijinger, a ella.

Muchísimas gracias, Eva. Te quiero.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Mariposas

Llegan sin avisar. Se adentran en tu estómago. Vuelan. Te hacen cosquillas. Y cuando te das cuenta de que han llegado, sonríes porque sabes que lo que traen es algo lindo.

Son ellas, las mariposas, emisarias de las mejores sensaciones.

A mi estómago llegaron ayer, cuando fui realmente consciente de que un sueño disfrutado tanto de noche como de día por fin se convertiría en realidad.

Las aladas me recuerdan a cada instante desde entonces, en una espera que se está haciendo eterna, que un segundo que pasa es uno menos para que él pise hoy suelo pekinés.

Una veintena de días con él, más de medio mes de Rober, 20 días para Rober y Eva.


Beijing, Yunnan y Shanghái nos esperan.




A la vuelta os contamos.

martes, 16 de marzo de 2010

Ni contigo, ni sin tí

Noviembre, diciembre, enero, febrero y marzo.

Casi cinco meses de frío, para mí sólo casi tres.

Frío, mucho.

Las temperaturas subieron un poco la última semana. Los cuatro grados me permitían caminar relajada, sin la necesidad de agarrotar los músculos, ver a más gente por la calle porque antes eran pocos los que salían de casa para evitar el frío y atreverme a pasear sin orejeras o sin guantes.

Así, parecía que la primavera de los chinos, que comenzó el 4 de febrero según su calendario, por fin había decidido relevar al crudo invierno, que se instaló en Beijing hace cinco meses, pero el domingo la nieve volvió a cubrir la ciudad.



Vista desde el salón de mi casa

¿Cuándo se va a marchar este frío?, nos preguntamos todos. Estamos deseando que se despida, que nos diga “hasta noviembre”, que deje paso a la cálida primavera.

El invierno al que estoy acostumbrada, el madrileño, nunca es tan feroz como el pekinés.

El madrileño nunca baja de los -3ºC (si es que desciende a esta temperatura), mientras que el pekinés marca los -10ºC e incluso los -15ºC.

El madrileño nunca hiela ríos, el pekinés sí.



Los niños madrileños nunca se plantean jugar sobre el hielo, como mucho patinar sobre él, los pekineses sí.


El lago del parque del Retiro o el de la Casa de Campo nunca se hiela, las decenas de lagos de los parques pekineses sí.

Parque Ritan




(Atención a la caída en segundo plano, ¡pobre!)

Un paseo en barca continúa siendo el entretenimiento de los lagos madrileños en invierno, mientras que un improvisado “trineo” y unos viejos patines se convierten en la diversión de los pekineses.


Lago Houhai

 
El modelo de "trineo", de lo más sofisticado
 

Para los peques


Véase los "palos" para darse impulso, plena seguridad


En Madrid, los gorros y las orejeras se llevan más por complemento que por necesidad, en Pekín es al revés. Y es que hace tanto frío que la gente se arropa por partida doble.
 


De verdad, invierno, ¿cuándo te vas a marchar? Ya tenemos ganas de ponernos un sólo par de calcetines, de no utilizar doble pantalón, de llevar tan sólo un jersey, de mostrar el rostro cuando caminamos por la calle, de lucir las orejas y así escuchar mejor todo lo que sucede a nuestro alrededor, de, en definitiva, descansar de tí.



En fin, para hoy tan sólo espero que dejes de soplar porque lo de que me detengas mientras camino con tus incesantes ráfagas de viento, wo bu xihuan “no me gusta”, nada nada.

P.D: A pesar de todo lo dicho, he de confesar que en el fondo me gusta este invierno porque temo que cuando se marche se lleve consigo el sol... y es que ya me han dicho muchas veces que conforme más suben las temperaturas, menos se ve el lorenzo... Si en un día soleado de invierno el sol se ve así en el atardecer pekinés:


...embrujado por la contaminación...

¿Qué será de él cuando la polución conquiste el cielo?

Invierno pekinés, ni contigo, ni sin tí.