lunes, 8 de marzo de 2010

Cuando menos te lo esperas

La luz de la mañana me despertó como cada día (tengo que hacerme ya con unas cortinas oscuras porque los chinos no utilizan persianas y una tela blanca transparente es lo que ahora cubre mis cristales).

El viernes me acosté sin estar segura de salir al día siguiente a perderme por Beijing, como hago cada fin de semana, porque tenía otros asuntos pendientes que solucionar en casa.

Cuando abrí los ojos y vi este cielo...

 
Pensé: “no puedo desaprovechar un día así, tan soleado, que esta semana han empezado a subir las temperaturas y al no hacer viento y frío la masa de polución se ha hecho con el cielo y casi ningún día lo he visto azul”.
 
Cerré la puerta. Iba bien abrigada. Afuera, cero grados. En el bolsillo izquierdo del abrigo llevaba la Lonely Planet y en el derecho una tarjeta de “Beijing by foot”, una cajita con cuarenta recorridos que hacer a pie para conocer de un punto cardinal a otro la ciudad. Mi compañía, la cámara, como siempre, y de comida, nada, ya improvisaría.
 
La tarjeta que había escogido para esa mañana se llama “Park Trio”. Su recorrido: visitar tres parques que se encuentran muy cerca entre sí y que desde una visión aérea forman un triángulo. Elegí esta tarjeta porque me apetecía ver el bullicio que, según me habían dicho, se levanta en los parques pekineses gracias a los ancianos que hacen ejercicio, pintan poemas chinos en el suelo, cantan o a los niños que corretean, juegan y lanzan cometas con su familia.

Después de tomar el metro (de este transporte público en Pekín ya hablaré otro día, pero ya adelanto que me encanta) y preguntar un par de veces (¡en chino!sí, estoy orgullosa;) cómo podía llegar al primer parque del recorrido, Qingnianhu, aterricé sin problema al lugar en cuestión.

Un yuan (diez céntimos de euro) tuve que pagar para entrar en Qingnianhu. Según mi tarjeta, tanto este parque como los otros dos fueron construidos por voluntarios durante 1958 en un momento de gran crecimiento de la ciudad y de cara a la celebración del décimo aniversario de la República Popular China.

En lugar de bullicio, quietud.

 
No había muchos abuelos.
 
 
La mujer que aparece en esta fotografía daba palmas mientras caminaba. Muchos lo hacen. Es un ejercicio, pero aún no entiendo qué se supone que estimulan con aplauso tras aplauso.

Las máquinas para hacer deporte también estaban casi vacías. Sólo dos atrevidos se ejercitaban, uno vestido para la ocasión y otra como si fuese a ir al cine, por ejemplo.



Y en cuanto a las familias con niños, vi muy pocas. Una de ellas era la siguiente, en la que todos parecían tener siete años.




Después de recorrer todo el parque, me fui al siguiente, Liuyin, con la esperanza de encontrar allí lo que había salido a buscar.

Un yuan más.

Si Qingnianhu era precioso por su gran lago, caminitos de piedras y árboles acogedores, Liuyin lo era aún más porque tenían más detalles que lo convertían en un parque museo, pero estaba igual de manso que el anterior.


Hacía frío, mucho.

Tenía hambre, pero no había nada alrededor donde comer.

Pensé en irme a casa, ya que imaginaba que el siguiente parque, Rendihghu, estaría igual de vacío. No conseguía descubrir cuál era la razón por la que Qingnianhu y Liuyin no me habían mostrado lo que espera hallar. Lo única respuesta que encontraba es que eran las 12:00, la hora de comer en China, más o menos, y que la gente estaría todavía en casa. El hecho de tener que pagar para entrar no me hizo pensar que era otra razón, ya que un yuan para mí no es nada, pero claro, para algunos chinos es mucho.

La idea de regresar a casa se evaporó porque algo me hacía no desistir, así que con la esperanza de ver en el tercer parque lo que había imaginado, eché a andar en dirección de Rendihghu, pero me desorienté y tuve que preguntarle a una señora que iba caminando a toda velocidad, ésta sí que estaba haciendo ejercicio, cómo salir del recinto. Le pregunté, me contestó, casi no entendí nada, me fijé en sus gestos, parecía que era capaz de intuir algo, ella continuaba hablando, se callaba y me miraba y yo le decía “wo bu zhi dao” ('no sé'). Me cogió del brazo, cual madre, me llevó hasta la salida y me indicó la dirección. Ya lo entendí todo. Nos sonreímos. “Xièxie, zàijiàn” ('Gracias, adiós'). “Bye bye”, me dijo ella, lo que me mostró una vez más que los chinos, aunque les hables en mandarín, siempre tratan de decirte algo en inglés, como para hacer ver que saben decir algo en ese idioma, no sé.

Veinte minutos después llegué a Rendihghu. Entré, no había que pagar. Y se me iluminó la cara.

Gente, mucha gente, (quizá, la respuesta a mi pregunta sobre el vacío en los parques era la cuestión económica).

Abuelos ejercitándose, hablando en corrillo, divirtiéndose con juegos de mesa, escribiendo con agua poemas chinos en el suelo, niños jugando y gente echando cometas al cielo.


 
Cuando este hombre me preguntó que de dónde soy y le respondí que de España, le faltó tiempo para decirme: “Gongniu” ('Toro', que es lo que siempre dicen cuando saben que eres de este país) y a continuación, sin yo pedírselo, me lo escribió.
 

Y España se escribe así



Tras un rato divertido en el que estuve rodeada de chinos curiosos que querían saber qué se traía entre manos la extranjera con el señor que escribía poemas, seguí mi paseo.

Aceleré el paso cuando vi que en este parque sí estaban jugando con cometas. Estaba ansiosa por verlo de cerca. En China es algo muy tradicional.






Impresionante.

Mientras tomaba fotos, recibí una llamada de un número desconocido. Una mujer china comenzó a hablarme. No entendía nada. Pensé que se había equivocado, así que le dije: “Wo shì xibanyaren, wo bu zhi dao”, ('Soy española, no entiendo'), pero ella continuaba hablando, como si tuviese claro que no estaba equivocada y que realmente quería hablar conmigo. “English?” ('¿inglés?'), le pregunté. Nada, ella seguía con su discurso (¡no paraba de hablar!). “Zàijiàn”, le dije. No quería mantener la conversación porque no me enteraba de nada. Y ella continuaba. Desesperada, miré a mi alrededor y vi a un chico chino, me acerqué y le dije: “do you speak english?” ('¿hablas inglés?'), “hmmm (apurado) a little bit...” ('un poco'). Rápidamente le expliqué en inglés qué estaba pasando y le pedí por favor que hablase con la mujer y que averiguase qué quería. El chico aceptó sin problema. Cuando terminó de hablar me intentó explicar en chino qué pasaba, yo no entendí nada. Por suerte, llevaba conmigo el diccionario español-chino/chino-español, así que se lo di y él buscaba las palabras en chino y me las mostraba para que yo leyese su significado en español. Su 'a little bit' inglés no era suficiente para decirme que la que me había llamado era mi casera para decirme que estaba en la puerta de mi casa para ponerle una luz al frigorífico que Rita y yo le habíamos pedido.

Malentendido. A veces, nuestros caseros piensan que Rita y yo tenemos todo el tiempo del mundo para ellos, por lo que llegan treinta minutos más tarde de la hora acordada o si les pedimos que nos arreglen algo el sábado y quedamos con ellos en que nos llamarán para decirnos cuándo van a venir, finalmente aparecen sin avisar y no nos encuentran en casa.

En fin.

Cuando se solucionó esta cuestión todo mi cuerpo estaba temblando. Tenía mucho frío. Y, además, tenía hambre, más que antes. Necesitaba un restaurante. Le pregunté al chico dónde había uno. Me lo intentó explicar en chino-inglés, sin éxito. Finalmente me dijo que me acompañaba. Me preguntó (otra vez en chino-inglés y con la ayuda del diccionario) que si quería ir a un restaurante occidental y le dije que me daba igual, tenía frío y hambre, me daba igual. Llegamos a un chino, pero sólo tenían un tipo de plato que a mí no me gusta, los baozi (una especie de bollo al vapor con carne o verdura dentro). Me llevó a otro, pero antes le pregunté en chino (gracias al diccionario) si le estaba molestando porque de hacerlo, le hubiese dicho que se podía marchar. Él me dijo: “no matter” ('no importa'). Entramos en un Xinjianés (un chino con comida de la provincia de Xinjiang, noroeste del país) y pedí un plato de mian tiao (algo así como tallarines) y un tipo de pan que sirven en estos restaurantes que me encanta. Todo por ocho yuanes (ochenta céntimos de euro). Él no quiso tomar nada.

La comida transcurrió entre tres, él, el diccionario y yo. Nos contamos dónde trabajábamos, dónde vivíamos, nuestra edad (él tiene 27)...pero a duras penas. Lo del idioma es una lástima...¡bendito botón!

Al término del almuerzo, Guang Zong, así se llama, me acompañó hasta el metro porque yo ya quería regresar a casa. De camino al subterráneo me dijo que me escribiría (habíamos intercambiado los correos electrónicos) y lo hizo. Me envió un e-mail en el que me contaba que yo era la primera persona extranjera con la que había compartido un rato como el del restaurante. Y tras explicarme eso, me hacía varias preguntas, todas ellas acerca de mi impresión sobre Beijing y sobre mi trabajo. Aún tengo que contestarle.

Nos dimos la mano. “Zàijiàn, xièxie”, le dije, “Bye bye”.

Es curioso. Cuando menos te lo esperas el día puede dar un giro de 180º. Lo que pensaba que estaba siendo una mañana infructuosa en lo que se refiere a mi objetivo, se tornó en un día que no voy a olvidar nunca porque rasqué y rasqué y encontré otro tesoro de Pekín y sin habérmelo planteado volví a conectar con el otro lado, con el de los observadores de los observadores, con los que reciben al extranjero y tienen que aguantar sus incesantes clic-clic y su curiosidad, con los que también quieren conectar con nuestro lado.

jueves, 25 de febrero de 2010

Como una servilleta


  • Estás como yo cuando llegué a Madrid...como...- me decía mientras se llevaba las manos hacia el pecho una vez tras otra tratando de gesticular lo que pretendía decir.
  • Absorbiendo todo.
  • ¿Qué es absorber?

Tomé una servilleta del restaurante chino de comida de Harbin (capital de Heilongjian, una provincia al norte del país) donde estábamos cenando, la estiré y le dije: “¿ves que está blanca?”, “sí”, entonces la posé sobre un poco de salsa que había quedado en mi plato y el papel se tiñó marrón.

  • Eso es absorber. También se puede decir empaparse
  • ¡Ah!Sí, eso, todo te sorpr...n...
  • Sorprende.

Sí, me sorprende todo, me sorprende Beijing, me sorprende China y me sorprenden las personas que aparecen en esta aventura, mi aventura, como ella, Fan, la que me enseñó las primeras palabras en chino en Madrid.

Como si se tratase de mi servilleta, gracias a Fan el martes me empapé un poquito más de este país a través de sus ojos, los de una profesora, de sus palabras en un maravilloso español, las de una estudiante, y de sus gestos, los de una valiente que apostó por la lengua hispana y se marchó de su casa en Qingdao (Shandong, este de China) hace casi tres años para afrontar en la chulapa ciudad otra aventura, su aventura.

Más de tres horas juntas en las que, me atrevo a decir, aprendí más de la cultura china que en todo el mes y medio que llevo aquí. Sin duda, la tarde del martes, sin apuntes de por medio como en Madrid, paseando por mi barrio y disfrutando de comida tradicional me engrasó un poquito más los cinco sentidos para percibir todo lo que este país me ofrezca y hasta por un momento me agobié porque pensé que era imposible recordar todo lo que me estaba contando.

Y es que entre paso y paso y bocado y bocado aprendí que...

… los comercios y restaurantes chinos nunca cierran la puerta mientras permanecen abiertos, por lo que en su entrada ponen unas cortinas de tela gruesa o de plástico duro dividido en tiras anchas, o ambos, para impedir que pase el frío. Y al fin le encontré sentido.

… cada restaurante chino está especializado en la comida de una provincia de China, así, se pueden ver tres seguidos en una misma calle y en cada uno se encontrarán platos totalmente diferentes entre sí. Entonces entendí que no era absurda esta 'repetida ubicación'.

… hay una pregunta para conocer cuál es el origen de la comida que se toma en un restaurante chino. Fan me la apuntó en un papel en mandarín y en pinyin (la adaptación de los caracteres al alfabeto latino), así que, espero, ya no habrá ningún problema para al menos saber de dónde viene lo que se va a comer. “Zài zhè li wo ke yi chi dào shénme cài xì de cài?”

… el orden de la llegada de los platos a la mesa en un restaurante: primero los fríos, después los calientes junto con la bebida y los licores y para terminar el arroz, los rollitos envueltos en masa de trigo o los jiaozi.

… cuando algo se tiene que comer en la mano, hay que ponerse un guante de plástico con el que sostener la comida y así mantener la mano limpia cuando se termina con ese plato.

… “Come come”, te dice un chino con el que se comparte la mesa, se sigue comiendo y él se queda satisfecho.

… cuando se cena por primera vez en China con un nativo, éste se ofrecerá a pagar la cena y el extranjero no podrá aportar ni un yuan, por mucho que se insista. “Yo soy la anfitriona y siempre se hace así”, zanjó Fan.

… la mayoría de los chinos son muy delgados porque China era hasta hace poco un país muy pobre (ahora lo sigue siendo en algunas zonas) y la base de la alimentación era la verdura que los habitantes obtenían gracias a los cultivos que cosechaban en las tierras, no suyas, sino del Gobierno, y nunca comían carne, un alimento de lujo. La necesidad derivó en tradición.

… hay chinos que viven con 15 euros al mes, como los padres del novio de Fan, residentes de 70 años en un pueblo de la provincia de Hebei (noreste de China). Él recibe 10 euros al mes y ella otros 5 por parte del Gobierno a modo de pensión que emplean para comprar medicamentos y comen de lo que cosechan. Hasta hace un año esta ayuda no existía para ellos.
… los funcionarios que tienen más de un hijo, infringiendo así la política del “Hijo único” en China, deben abandonar su puesto de trabajo además de pagar una multa por tener más de un descendiente, ya que esta norma, impuesta hace aproximadamente 30 años en el país bajo la Ley de Población y Planificación, tiene como objetivo “poner freno al crecimiento demográfico” para evitar la escasez de recursos en el país más poblado del planeta.

… “la medicina china cura de forma muy lenta, pero sin dañar al organismo. Los occidentales tomáis medicamentos que os curan, pero que pueden tener efectos secundarios”, me explicaba Fan mientras yo observaba perpleja cinco grandes tarros llenos de diferentes mejunjes cada uno en base de alcohol, sus licores curativos.

… “Tienes que viajar por China para hacerte una idea de cómo es en realidad este país”, me sugirió Fan. Cierto. Cuando aterricé en Pekín mi maleta estaba cargada de objetivos que cumplir en tierras mandarinas y uno de ellos era viajar por este país, que es inmenso... tan sólo hay que mirar un mapa de China detenidamente para darse cuenta de ello...inmenso. Seguiré su consejo, para toparme con más rascacielos, observar a minorías étnicas y conocer cómo es la vida en el campo, entre mil sorpresas más que aguarda este gigante.

  • ¡Qué bien!- le decía sonriendo.
  • Sí...- sonreía ella también.
  • Qué fuerte- continué- la última vez que nos vimos fue en Madrid y ahora volvemos a estar juntas, ¡pero en Pekín!
  • Al final el mundo es como un pueblo.-
  • En España se dice “el mundo es un pañuelo”.-

Pedimos la cuenta, nos metieron la comida que había sobrado en unas tarteras (algo común en China y, por cierto, una gran idea) y nos dirigimos al metro, donde nos despedimos. Un abrazo, yo le doy un beso en la mejilla, ella a mí no porque no acostumbran, “que tengas buen viaje”, otro abrazo y otro beso, “escríbeme cuando llegues a Madrid para saber que estás bien”, el último abrazo y el último beso, éste otra vez sólo por mi parte, y nos miramos y sonreímos.

Es maravilloso conocer otras culturas, pero si lo haces a través de las personas la sensación se multiplica por infinito. Desde el martes siento que estoy un poquito más cerca del corazón de China, del que mis ojos occidentales me tenían muy distante hasta que llegué aquí.

Fan, gracias por todas las horas en mi casa y por esta tarde y Laura, gracias por conectarme con ella.

lunes, 15 de febrero de 2010

Xin nian kuai le!

Xin nian kuai le!, '¡Feliz Año Nuevo!' en mandarín.

Este fin de semana me ha hecho sentir que he retrocedido en el tiempo. Apenas hace dos meses celebraba el Año Nuevo en España y la noche del pasado sábado lo volví a hacer en un Beijing de color rojo y dorado.


Más de 1.300 millones de chinos festejaron en la noche del 13 la entrada de su Año Nuevo o, también conocido, como Fiesta de Primavera, cuyo día de celebración no es siempre el mismo, ya que lo determina el calendario lunar, que es el que rige las fechas de las festividades, además de las épocas de cultivos. Los oriundos del gigante asiático tan sólo utilizan este almanaque para determinadas actividades, como las tradicionales, pero en las ordinarias emplean el gregoriano. Que también se conozca como Fiesta de Primavera se debe a que esta celebración siempre se festeja antes del 4 de febrero, día en el que, para los chinos según el calendario lunar, comienza esta estación, aunque este año, de forma excepcional, lo ha hecho después.



Petardos, fuegos artificiales, comida que simboliza dinero, los Jiaozi, 'ravioli', colgar versos tradicionales de buen augurio en las puertas y recorrer distancias kilométricas para regresar a la ciudad natal son algunos de los tópicos de la Fiesta de Primavera, la celebración más importante del año para los chinos. Tanto es así que muchos que viven lejos de sus hogares invierten en estos días la única posibilidad que tienen durante todo el año de volver a casa para estar junto a su familia en esta fiesta, y es que así lo manda “la tradición”. Para este año se calcula que se llevarán a cabo más de 2.500 millones de desplazamientos por todo el país desde el pasado 30 de enero hasta el próximo 10 de marzo, el periodo que dura esta festividad. Se dice que es el mayor movimiento migratorio festivo del mundo.

Los petardos dan ritmo a la ciudad durante el día y los fuegos artificiales la iluminan de noche.

La leyenda cuenta que la bestia Nian, 'Año', abandonaba a finales de la añada la montaña en busca de animales y humanos como alimento ante la escasez provocada por el frío invierno. Los antiguos chinos descubrieron que Nian tenía miedo a las llamas, los estallidos y el color rojo, así que preparaban pequeñas explosiones de pólvora, su invención milenaria, colgaban farolillos rojos y se vestían esa noche de este color para protegerse. Desde entonces, el ritual se celebra cada noche previa a la entrada del Año Nuevo.

El concierto y las luces han comenzado este año en la mañana del 13 y finalizarán a finales de febrero. Los chinos ahorran durante todo el año para comprar estos artilugios cuando en las ciudades brotan en cada esquina puestos callejeros para su venta una semana antes del gran día. Algunos se gastan hasta 500 euros en estos artefactos.


Adultos, jóvenes, niños y abuelos, todos queman estos explosivos, sin contención ni precaución en la puerta de sus casas.





Y como si del 1 de octubre se tratase, el día nacional en China, las hogares se coronan con la bandera del país.


Los motivos, desde el cielo hasta Tiananmen.








Y el 14, ya Año Nuevo, los chinos, que no tienen que trabajar ni ese día, ni el 15 ni el 16, invaden los parques y los Templos para disfrutar del tiempo libre y para presentar ofrendas y peticiones a los dioses.

En algunos parques se representan antiguos capítulos de la historia china, como el de los emperadores que acudían al templo para entregar ofrendas y así ganarse el cielo.








Después, los espectadores le imitan.







La comida tampoco falta, al más puro estilo feriante.









También llevan a cabo ritos y recuerdan tradiciones.






Y mientras los locales cumplen con la tradición, los observadores extranjeros compran regalos u objetos relacionados con esta fiesta, entre otros, gorros con forma de tigre, el animal que simboliza a este Año Nuevo según el Zodiaco chino, que, por cierto, también es mi signo.




Xin nian kuai le!

domingo, 7 de febrero de 2010

Hogar, dulce hogar

Nunca pensé que buscar casa y mudarse fuera tan cansado.

Agencias inmobiliarias, agentes, chino, inglés, chino, chino, chino, inglés, entenderse, preguntar, mirar, rechazar, dudar, convencerse, caseros, chino, chino, chino, chino, chino, inglés, acuerdo, mudarse, limpiar, ordenar, acomodarse.

Así durante 18 días.

Todo empezó cuando llegó Rita, “mi brújula humana en Pekín” y la que duerme al otro lado del tabique cada noche. Su aterrizaje el día 19 de enero trajo consigo el comienzo del que queríamos que se convirtiese en nuestro hogar común. Las dos teníamos claro que la casa con la que nos quedásemos tenía que ser económica, céntrica y que tuviese plato de ducha, ya que en el apartamento donde ella vivió el año pasado en Beijing y donde me hospedé yo hasta la mudanza no tenía este occidentalizado recurso. La costumbre en China es ducharse con los pies plantados en el mismo suelo del baño levemente inclinado hacia un sumidero para ayudar así a que la estancia no se encharque, aunque este objetivo es imposible de cumplir. Las casas que tienen plato de ducha y bañera son las más modernas y diseñadas para los occidentales que preferimos olvidar aquello de “Allá donde fueres, haz lo que vieres”.

Encontradas las tres cosas, nos mudamos el domingo pasado. Así que hoy hacemos una semana de la llegada a nuestra casa, que en quince días nos ha dejado exhaustas y sin más tiempo que para trabajar tras el empaquetado, el desempaquetado, la limpieza y las excursiones al IKEA y al Carrefour. Sí, en Pekín se pueden encontrar estos dos establecimientos, como tantos otros que nunca habríamos imaginado por nuestra ignorancia, prejuicios o interiorizados estereotipos sobre este país, que aún no sé exactamente de dónde proceden y que poco a poco intento descubrirlo. A mí se me cayeron todos en cuanto pisé suelo mandarín.

Y retomando el título: “Hogar, dulce hogar”, os dejo con la primera cena “hogareña” hecha por la chef Lita y su pinche Aiwa (por sus nombres en chino), un tradicional plato español que supo a gloria después de casi 20 días probando nuevos manjares. De la comida china, taiwanesa, xingjianesa, italiana, americana e iraní en la Capital del Norte hablaré otro día, mientras tanto, pasen y vean.